La ansiedad de vivir para producir (y cómo volver a tu naturaleza)
Mi mente siempre está alerta.
Sobrepiensa, busca resultados, compara, se anticipa a todo… y eso genera ansiedad.
Cada día recibo mensajes muchas veces sutiles, otras veces no tanto, que ponen sobre la mesa pensamientos como: podrías ser más exitosa, más atractiva, más productiva.
De alguna manera me acostumbré a mirar mi potencial y no lo que ya estoy siendo.
Siempre pensando: muy bien… pero podrías hacerlo mejor.
Al mismo tiempo el mundo me muestra guerras, hambre, matanzas, injusticias.
Un sin número de cosas que me conmueven profundamente y sobre las cuales, siendo realista, yo sola no puedo hacer un cambio inmediato.

Es como si mi cerebro tuviera que procesar una avalancha de cosas sobre las que no puedo actuar.
Y poco a poco mi mente inquieta empieza a dejarme sin aire, como si quedara atrapada bajo capas de nieve que no me dejan entrar la luz, no me dejan moverme, respirar.
Con el tiempo empecé a notar que este estado de ansiedad no surge solo del exceso de información, sino también muchas veces de la forma en que nos relacionamos con dos dimensiones fundamentales de nuestra experiencia.
En la Cábala estas dimensiones se conocen como Bina, la esfera de la mente, y Maljut, la esfera de nuestra relación con el mundo material.

Maljut representa nuestra relación con la materia, con el cuerpo, el trabajo, el dinero, la producción, todo lo que construimos en esta realidad tangible.
Pero cuando nos obsesionamos con esta dimensión de forma desequilibrada, olvidamos algo esencial: ser materia también significa ser parte de la naturaleza.
Somos parte de los ciclos de la vida, de la respiración del mar, del ritmo de las estaciones, de la flor que nace y muere.
El supuesto progreso tecnológico y social nos promete avanzar, pero muchas veces termina alejándonos de nuestra esencia. Nos enseña a medirnos por logros externos, a competir, a controlar, y poco a poco olvidamos simplemente estar presentes, sentirnos parte de la vida misma.
Cuando nuestra mente empieza a mirar la existencia solo desde esta perspectiva de productividad, competencia y exigencia material, algo se desequilibra.
La ansiedad crece.

Sentimos que nunca hacemos suficiente.
Que siempre debemos rendir ante expectativas que no nos son naturales.
Y así comenzamos a vernos como individuos al servicio de un sistema funcional a dinámicas de poder que repetimos por herencia.
Nos movemos como obreras de una sociedad que mide nuestro valor por lo que hacemos, consumimos y producimos.
Una sociedad que, en nombre de alcanzar nuestro potencial, nos exige lograrlo hoy, ya.
No hay espacio para el proceso.
No hay tiempo para simplemente ser.
Siempre parece que podríamos hacer más.

Pero olvidamos la verdadera función de la realidad material.
Porque el sentido profundo de la materia no es producir sin descanso, sino comprender que lo mucho o poco que tenemos, adquirimos y hacemos en este mundo debe servirnos para crecer, cumplir nuestro propósito y, finalmente, volver a unirnos con lo divino.
Se supondría que los avances industriales y tecnológicos deberían ayudarnos a crecer como humanidad.
Sin embargo, han tenido el efecto contrario:
nos han desconectado de nuestra naturaleza, nos han alejado de nuestra espiritualidad y nos han encerrado en un ciclo de progreso infinito que se vive con la angustia de quien solo intenta sobrevivir.

Nuestra realidad material puede estar equilibrada o desequilibrada dependiendo de cómo la comprendemos y nos relacionamos con ella. De como nos permite experimentarla la esfera de la mente.
Esta esfera (Bina) es la parte de nosotros que busca comprender, estructurar, organizar.
La parte de nuestra inteligencia que analiza, que sobrepiensa, que intenta dar sentido a la fragmentación del mundo material.
Es una función profundamente útil.
Gracias a ella distinguimos el fuego del hielo, el peligro de la seguridad.
Pero cuando esta mente queda atrapada en la exigencia constante del mundo material en términos materialistas, comienza a girar sin descanso.

Ahí aparece la ansiedad. Por supuesto no es la única manera, pero es de la que quiero hablarte hoy, porque lo que he observado con el tiempo es que cuando mi mente , mi Bina, encuentra un espacio para ordenar lo que vive mi yo material, desde otra perspectiva, algo cambia tambien en mi cuerpo, en mi realidad.
En ultimas cambia mi forma de transitar la ansiedad.
Hace unos días fui a pintar a una reserva frente a mi casa.

Observar la impermanencia de las hojas, el ritmo del mar y la quietud aparente del paisaje en movimiento me recordó algo que a veces olvidamos:
Mi valor no depende de productividad ni de logros externos, porque la realidad es que que yo tambien soy naturaleza, átomo, frecuencia, química y semilla.
No todo tiene que obedecer al ritmo del progreso de hombre, tambien existe un ritmo natural al que pertenece lo humano.
Al permitir que mi mente se sintonizara con la naturaleza, y al escribir sobre esa experiencia, en la que soy parte de un todo a pesar de verlo fragmentado, sentí cómo mi ansiedad disminuía.

Mi mente recuperó ritmo y calma.
Y la fragmentación de la realidad material empezó a encontrar sentido dentro del flujo de la vida.
Cuando escribimos, cuando hacemos journaling escribimos o dibujamos, estamos trayendo a traves del lenguaje a la materia, conceptos que previamente deben pasar por nuestra mente, obligandola a integrar una nueva perspectiva.
Haciendo que la visión que sostiene el desequilibrio se desplace, se transforme, pierda relevancia.
Pintando unas flores, lo que antes era solo ruido interior comenzó a volverse comprensible.

Y ese acto de volver inteligible nuestra experiencia, de comprender que somos parte de la naturaleza y no simplemente piezas de un sistema productivo, es lo que empieza a calmar la ansiedad.
Fue justamente a partir de este tipo de reflexiones que nació el Libro del Perdón.
Lo creé como un espacio donde las mujeres puedan detenerse un momento, escuchar su voz interior y empezar a soltar muchas de las exigencias que cargamos sin darnos cuenta.
Porque gran parte de nuestra ansiedad nace de ahí: de la sensación constante de que deberíamos estar haciendo más, logrando más, siendo más. Perdonarnos es comenzar a soltar esa presión.
Es permitirnos habitar la vida desde otro lugar, más cercano a nuestra naturaleza, más conectado con nuestro propio ritmo.

Este libro es una invitación a ese proceso.
A observar con honestidad las expectativas que hemos heredado, las exigencias que repetimos sin cuestionar y las historias que nos contamos sobre quién deberíamos ser.
Cada página está pensada para acompañarte en ese camino: reconciliarte contigo misma, reconectar con tu naturaleza y recordar algo que la sociedad suele hacernos olvidar:
tu valor no está en lo que produces,
sino en lo que estás siendo hoy, aquí y ahora, sin importar el potencial.
Más adelante compartiré también cómo recuperar la creatividad bloqueada a través del journaling y pequeños rituales que ayudan a reconectar con una misma en medio de la vida cotidiana.
Por ahora te dejo aqui el Libro del Perdón para que empieces a usarlo a tu manera.
