Oscuridad, un poema con olor a Amapola

March 14, 2019

Oscuridad

 

Tuve un sueño, que no era del todo un sueño.
El brillante sol se apagaba, y los astros
vagaban diluyéndose en el espacio eterno,
sin rayos, sin senderos, y la helada tierra
oscilaba ciega y oscureciéndose en el aire sin luna;
la mañana llegó, y se fue, y llegó, y no trajo
consigo el día,
Y los hombres olvidaron sus pasiones ante el terror
de esta desolación; y todos los corazones
se helaron en una plegaria egoísta por luz;
y vivieron junto a hogueras —y los tronos,
los palacios de los reyes coronados— las chozas,
los hogares de todas las cosas que habitaban,
fueron quemadas en las fogatas; las ciudades se consumieron,
Y los hombres se reunieron en torno
a sus ardientes refugios
para verse nuevamente las caras unos a otros;
Felices eran aquellos que vivían dentro del ojo
de los volcanes, y su antorcha montañosa:
Una temerosa esperanza era todo lo que el mundo contenía;
Se encendió fuego a los bosques – pero hora tras hora
Fueron cayendo y apagándose —y los crujientes troncos
se extinguieron con un estrépito—
y todo fue negro.

Las frentes de los hombres, a la luz sin esperanza,
tenían un aspecto no terreno, cuando de pronto
los haces caían sobre ellos; algunos se tendían
y escondían sus ojos y lloraban; otros descansaban
sus barbillas en sus manos apretadas, y sonreían;
y otros iban rápido de aquí para allá, y alimentaban
sus pilas funerarias con combustible,
y miraban hacia arriba
con loca inquietud al sordo cielo,
El sudario de un mundo pasado; y entonces otra vez
con maldiciones se arrojaban sobre el polvo,
y rechinaban sus dientes y aullaban; las aves silvestres chillaban,
y, aterrorizadas, revoloteaban sobre el suelo,
y agitaban sus inútiles alas; los brutos más salvajes
venían dóciles y trémulos; y las víboras se arrastraron
y se enroscaron entre la multitud,
siseando, pero sin picar —y fueron muertas para ser alimento:
y la Guerra, que por un momento se había ido,
se sació otra vez—; una comida se compraba
con sangre, y cada uno se hartó, resentido y solo
atiborrándose en la penumbra: no quedaba amor;
toda la tierra era un solo pensamiento
y ese era la muerte,
Inmediata y sin gloria; y el dolor agudo
del hambre se instaló en todas las entrañas —hombres
morían—, y sus huesos no tenían tumba,
y tampoco su carne;
el magro por el magro fue devorado,
y aún los perros asaltaron a sus amos,
todos salvo uno,
Y aquel fue fiel a un cadáver, y mantuvo
a raya a las aves y las bestias y los débiles hombres,
hasta que el hambre se apoderó de ellos, o los muertos que caían
tentaron sus delgadas quijadas; él no se
buscó comida,
Sino que con un gemido piadoso y perpetuo
y un corto grito desolado, lamiendo la mano
que no respondió con una caricia —murió.

De a poco la multitud fue muriendo de hambre;
pero dos
de una ciudad enorme sobrevivieron,
y eran enemigos; se encontraron junto
a las agonizantes brasas de un altar
donde se había apilado una masa de cosas santas
para un fin impío; hurgaron,
y temblando revolvieron con sus manos delgadas y esqueléticas
en las débiles cenizas, y sus débiles alientos
soplaron por un poco de vida, e hicieron una llama
que era una burla; entonces levantaron
sus ojos al verla palidecer, y observaron
el aspecto del otro —miraron, y gritaron, y murieron—
De su propio espanto mutuo murieron,
sin saber quién era aquel sobre cuya frente
la hambruna había escrito Enemigo.
El mundo estaba vacío,
lo populoso y lo poderoso —era una masa,
sin estaciones, sin hierba, sin árboles, sin hombres, sin vida –
una masa de muerte— un caos de dura arcilla.

Los ríos, lagos, y océanos estaban quietos,
y nada se movía en sus silenciosos abismos;
las naves sin marinos yacían pudriéndose en el mar,
y sus mástiles bajaban poco a poco; cuando caían
dormían en el abismo sin un vaivén –
Las olas estaban muertas; las mareas estaban en sus tumbas,
Antes ya había expirado su señora la luna;
Los vientos se marchitaron en el aire estancado,
Y las nubes perecieron; la Oscuridad no necesitaba De su ayuda. Ella era el universo.

 

- Lord Byron

 

 

 

Este poema con aire apocalíptico, pero lejos de cualquier esperanza que pudiese  guardar una mirada católica, a pesar de sus multiples referencias bíblicas,  fue escrito por Lord Byron tras la erupción del monte Tambora, en 1815, en lo que hoy conocemos como Indonesia pero para la época era conocido como Indias Orientales Neerlandesas.

A pesar de la aparente distancia geográfica, las condiciones climáticas sumieron a Europa en un ambiente ceniciento que trajo consigo cambios  tan drásticos y catastróficos que se le llamo a 1816 el año sin verano o la última gran crisis de supervivencia del mundo occidental. 

En medio del sabor apocalíptico del momento,  Lord Byron se estableció en Villa Diodati, en donde la influencia del opio y el láudano, extraídos de la Amapola, fueron estimulantes que lo llevarían a él y a otros escritores a crear algunas de sus obras, entre ellas este poema. Vale la pena recordar, que durante esas noches de euforia, los artistas reunidos se plantearon escribir un relato que leerían en la noche. De ahí  nacería #Frankenstein o El Moderno Prometeo, obra que inmortalizaría el nombre de Mary Shelley , y ,  El Vampiro, obra de John
 Polidori que sería la semilla de la que brotaría Dracula, de Bram Stoker.

 

 

Oscuridad sin duda, es prueba de que el arte sobrevive las barreras del tiempo, y que los pesares humanos, las angustias y las preocupaciones que atañen a la experiencia de transitar este mundo nos hacen hermanos bajo una misma condición; la condición humana. 

No es nueva la idea de que el mundo parece ir desmembrándose con crueldad frente a nuestros ojos, la sensación de que la naturaleza es mucho más fuerte y nosotros nos empeñamos en destruirla como nos destruimos a nosotros mismos para volver a comenzar.  

Tampoco parece haber cambiado la condición por la que aún después de sobrevivir al hambre, al fuego, a la sed  y a la guerra, todavía veríamos en el otro un enemigo. 

Hoy todos nos mostramos los dientes invocando la guerra, como dice el poeta pagamos una comida con sangre mientras se queman los bosques y las serpientes anidan entre nuestros cuerpos. 

Hoy la ceniza del progreso nos ha cegado a todos y  amenaza dejarnos para siempre sin verano. Parece que no nos damos cuenta de que ese volcán sigue activo, que el llanto de India calma nuestra sed y la tristeza de China golpea nuestra puerta. Seguimos orando por luz de forma egoísta.

 

 

 

 

En su momento, tanto Byron como Shelley y todos los escritores que les acompañaron fueron tachados por la sociedad como Malas Hierbas al igual que la Amapola, hoy Casa Lefay quiere exaltar su poder y mostrar que a pesar del tiempo, autores y flores seguirán siendo grandes. 


 

 

 

 

 

 

Please reload

Recent Posts 

December 20, 2018

June 22, 2018

April 29, 2018

Please reload

Archive
Please reload

Find by tags